EL SINDROME LEBRAND
"¡Dios mío! Quisiera ser capaz de descubrir lo que me ha sucedido.
Pero... ¿Me atreveré? ¿Podré hacerlo? Es una locura,
tan fantástico, tan inexplicable e incomprensible..."
Guy De Maupassant
Peter, el único retoño de los Lebrand, jamás había caído enfermo. Durante su juventud permaneció sano aún en medio de las más agresivas epidemias y para dicha de sus padres las cosas no cambiaron mucho con el paso del tiempo. En sus años de formación médica, por ejemplo, sus colegas criticaban la excesiva confianza que se permitía al entrar en contacto aún con los pacientes cuyo riesgo de contagio era mayor. No era raro encontrarlos intercambiando anécdotas y en ocasiones en medio de estridentes carcajadas. Fue así como el Dr. Peter Lebrand empezó a ser visto como un personaje extraño cuya envidiable salud era todo un misterioso privilegio.
Algunas fiebres pasajeras alcanzaron a tocarle en su niñez, pero su curación era un proceso tan extraño que ni aún los expertos galenos amigos de su padre -el eminente neurólogo Lebrand- lo comprendían. Curiosamente, para sanar, al pequeño le bastaba escuchar las narraciones siempre amenas de papá o mamá, quienes acostumbraban hacer una selección al azar las lecturas de la noche entre los cientos de libros de la antigua biblioteca familiar cuyo número de volúmenes había crecido mucho más de prisa durante las últimas décadas, al igual que su fortuna. Sherlock Holmes, las guerras de oriente o la bomba sobre Hiroshima. “Todo hace parte de ésta realidad” solían responder a sus visitas cuando eran interrogados respecto a tan extraños patrones lúdicos.
En realidad para los Lebrand no importaba mucho el tipo de literatura sino calmar el llanto del niño. Todo tipo de contenido despertaba la atención del infante, quien permanecía alerta durante un largo rato a las más variadas narraciones: historietas, documentales, astronomía, vaqueros, superhéroes, entre otros. Hasta que ya entrada la media noche, era vencido por el sueño. Al despertar, unas horas más tarde, todo síntoma se había marchado como por arte de magia. Peter se levantaba en silencio y salía al enorme jardín de la casa campestre justo antes del amanecer en una actitud extraña para un chico de su edad, para deleitarse, según pensaban los Lebrand, observando los primeros rayos de sol sobre la hierba. Más tarde se sentaba en un rincón y dibujaba una bonita historieta. Los materiales, colores y papel, eran colocados de antemano por sus padres en los sitios predilectos, no está de más decir que armaba una gran pataleta si alguien osaba interrumpir.
Pasaron los años, y justo en la mejor época de Peter, los recuerdos de tantos años de alegría, se oscurecieron en el corazón de los Lebrand cuando recibieron la llamada en la suite del hotel bruselense. Una estampida de grises augurios, la tristeza y el desconcierto se dibujaron en sus rostros palidecidos ante la inesperada noticia. No habían terminado de desempacar el equipaje allí, en Bélgica, la siguiente escala en su gira de tres meses por Europa, cuando recibieron el nefasto anuncio. Todos los planes posteriores fueron cancelados, ahora la mayor urgencia sería regresar cuanto antes para estar junto a Peter. Ya no viajarían a Berlín justo para sus bodas de plata ni podrían tomarse las fotografías que soñaban junto a los restos del extinto muro para compararlas con las polaroid archivadas con tanto cuidado en el viejo álbum familiar. Pensaron traer una réplica en miniatura de la gran puerta de Brandemburgo para que el Dr. Lebrand adornara la mesita de mármol en el consultorio próximo a estrenar, pero ahora solo clamaban al cielo para que se encontrase pronto un tratamiento efectivo para su afección.
Una vez estuvieron frente al gran centro hospitalario, aligeraron su paso hasta la sala de juntas, donde esperaban ansiosos una explicación por parte del doctor Gómez, el director de la institución, quien después de un apresurado saludo protocolario, extrajo de un bolsillo de su bata una pequeña bolsa transparente con el rótulo “Bloque 8” en cuyo interior era posible ver algunas hojas escritas que al ser depositadas en la mesa confirmaron las sospechas de la angustiada pareja: era la letra de su hijo, era la letra del Dr. Peter Lebrand. Precisamente algo les había mencionado durante una de las últimas charlas telefónicas respecto a la investigación que se encontraba realizando en ese sitio del hospital, pero la llamada tuvo que ser breve; se hacía tarde para la concurrida ópera sabatina en Venecia, para la cual ya tenían compradas las entradas -dos lugares en primera fila-.
Los ánimos se exaltan al oír un fuerte ruido en el recinto: -¡Pero qué demonios significa todo esto, Dr Gómez! El Sr. Lebrand, se ha levantado de su asiento y colérico ha dado un golpe seco con su mano empuñada sobre la mesa interrumpiendo un largo minuto de silencio. Algunas notas caen al piso lentamente.
-Antes que nada, Sr y Sra Lebrand, les pido un poco de calma, estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo para darles a entender lo ocurrido.
La Sra. Lebrand toma tiernamente por el brazo a su esposo, con esa práctica para calmar los ánimos que solo puede lograrse tras un cuarto de siglo de bien llevado matrimonio, haciéndolo retomar la compostura y volver a su lugar. Enseguida el Dr. Gómez empieza a responder sus inquietudes.
-¡Por supuesto, Mr. Lebrand! El análisis de éstos textos nos ha llevado a dar con el diagnóstico, el cual coincide con un cuadro sindromático específico y muy recientemente estudiado, por cierto; con ello podremos acercarnos con seguridad a un tratamiento eficaz. Los más eminentes profesionales con quienes contamos en la institución han estudiado las notas recopiladas hasta el momento, detectando una relación entre la sintomatología y su...
No acabada la frase, dos galenos irrumpen en la sala de juntas para unirse a la discusión. -¡Dos trozos más!- Anuncian. En un rincón del bloque 8, hemos encontrado dos fragmentos más de los textos de Lebrand. Sin más preámbulos, el doctor Gómez da lectura a las notas:
/Moscú, 26 de Abril/ Aguardaron con paciencia la llegada de la media noche inmersos en un placer sórdido y enfermizo. La huella de la muerte aún estaba en sus manos. Sangre fresca, engaño, seducción, estrategias de guerra calculadas al milímetro, es también ese mi destino o morir en el intento. Conozco la naturaleza del virus letal, mas no existe antídoto alguno.
-¿Un clan de asesinos? ¿Rusia? ¡Mi hijo Jamás intercambió palabra con ese tipo de individuos! La última vez que estuvo en tales latitudes fue hace más de ocho años, invitado al concierto de graduación del primo Yuri. De manera que... ¡Esto es absolutamente inconcebible!
El Dr. Gómez pide silencio antes de continuar con la lectura de otra de las notas sobre la mesa:
/Frankfurt. 30 de abril/ Los doce mercenarios lucen sus mejores trajes, guardan bajo la manga su mejor truco y en el portafolios lo más sofisticado de su armamento. Algunos esconden también un antifaz. A cada peldaño se revela el sonido inconfundible de la madera fina usada en las viejas construcciones... una vez en el salón secreto, en lo más alto del antiguo edificio, bebemos del mismo brebaje, honor, magia, coraje…/Ha llegado la hora de un nuevo informe/
El Sr. Lebrand, confundido, intenta arrebatar aquella nota a Gómez, pero éste continúa dando lectura a un fragmento más, pausando la voz como quien da una justa explicación, e invitando a la calma con un movimiento de su mano.
/Tokio. 6 de Agosto/ Altas cercas electrificadas rodean los muros de la villa, parece tan impenetrable como el edificio del rescate, escarpadas paredes de plomo y concreto lo resguardan. /Tel-aviv. Mayo 14/ El camarada ha perfeccionado su técnica en el desierto, donde los secretos han sabido siempre cómo sobrevivir. Una lujosa botella con algunos insectos dentro yace sobre una pequeña duna, el balazo recorre unos cien metros antes de impactarla, entonces, mil pedazos de cristal vuelan al azar, en simultánea con la estrepitosa carcajada del verdugo.
El Dr. Gómez interrumpe su lectura y ahora, en lugar de tomar otra de las maltrechas notas, pide a los Lebrand enfocar toda su atención en una agenda forrada en fino cuero que extrae de un cajón cercano. La Sra Lebrand la reconoce; es la misma que obsequió a su hijo para su más reciente congreso. Con premura, Gómez toma la cintilla azul colocada justo entre las últimas páginas...
- He querido dejar para éste momento la lectura de la bitácora personal del Dr. Lebrand. Aquí encontramos el borrador incompleto de su informe académico final. Éstas fueron las últimas anotaciones que hizo aun en uso de su plena capacidad, antes de caer enfermo. Como verán, al terminar ésta frase, la escritura normal es interrumpida, aquí, justo aquí... -repite señalando con un dedo-. Al llegar a éste último reglón, el de los garabatos ilegibles, se presentó la convulsión, luego vino la pérdida de conciencia y finalmente; debido a que ha sido completamente refractario a las terapias y al tratamiento de emergencia, hemos decidido acceder a internarlo en el bloque 8 tal como lo solicitó durante horas a grito entero.
La sala de juntas es invadida por un silencio sepulcral. Sin más explicaciones, el Dr. Gómez empieza la lectura de aquellos últimos apuntes aún legibles:
“/Abril 20. Hospital mental Schumann./ El grupo objeto de mi investigación está compuesto por pacientes con antecedentes personales en común. Todos fueron miembros activos de famosos colectivos intelectuales: poetas, literatos, escritores, o cuando menos asiduos aficionados a las tertulias que son ya célebres en la ciudad desde que la guerra terminó. El líder del grupo es un excombatiente, tras su retiro de la milicia llegó a ser un reconocido escritor y ahora -internado en ésta institución desde hace 15 años- permanece en un estado mental que ho cede con ningún tratamiento. Se evidencia una pulsión grupal en la periódica reunión nocturna que realizan para compartir los resultados de los enajenamientos individuales. Manifiestan en común cierto tipo de ideación bélica disociativa: se perciben como sagaces guerreros contra el silencio. Imaginan las palabras como trinchera y a las creaciones literarias como entidades que esperan a ser rescatadas de un universo alterno durante sus crisis delirantes. Alucinan la presencia de armamento allí donde solo hay tinta, plumas y silencio. Tales exabruptos se acompañan de “invocaciones a las musas" y -como si tales ideas fuesen verdaderos virus cerebrales- los transportan alrededor del mundo imaginado complejizando aún más su esquizoide fantasía. Aún no me atrevo a dar un diagnóstico final para ésta condición bajo la cual sus percepciones del yo y de la realidad se encuentran con tan serio compromiso. Estoy a punto de asegurar que he encontrado un nuevo síndrome aún no descrito en la literatura científica. Sin embargo, Para estudiar a fondo ésta patología psiquiátrica me será preciso acercarme mucho más al núcleo comportamental de éste grupo de pacientes...”
- Sr. y Sra Lebrand, entiendo cuan triste es para ustedes todo esto, pero permítanme decir que lo ocurrido hace parte de los gajes del oficio. ¡Le faltaba tan poco para terminar su especialización en psiquiatría...! Es una pena, pero algunas enfermedades mentales no son detectables sino hasta los más graves estadios, además, el historial clínico del Dr. Lebrand nos mostró que durante toda su vida ha sido un roble y su excelencia académica está fuera de toda duda, por tal razón jamás sospechamos ningún tipo de riesgo al dar el aval unánime para permitirle desarrollar su tesis de investigación en ésta institución, máxime cuando todos sabemos, tal cual usted mismo lo ha citado en sus libros... Dr. Lebrand; que la enfermedad mental no aplica para riesgos epidemiológicos como el contagio -Factor tan obvio en otro tipo de afecciones-.
Ante la mirada atónita de los Lebrand, que yacían inmóviles, sentados uno junto al otro en sendas poltronas, con sus manos entrelazadas y apoyados con fuerza a los reposa brazos, el Dr. Gómez continuó…
- Les ruego no interrumpir en éste momento al paciente, podría tornarse agresivo. Justo me acaban de informar por el privado que los 13 internos del bloque 8 han vuelto a su trance alucinatorio y es justo en ésta etapa donde no distinguen entre fantasía y realidad. No es recomendable entorpecer tal ejercicio, se espera que en unas horas, al llegar la medianoche, tenga lugar aquel encuentro donde comparten los frutos de su fantasía; es mejor esperar a que todo esto termine y después dejar que descansen por un tiempo.
Sr. y Sra. Lebrand, les sugiero regresar mañana, muy temprano. Si lo desean ustedes, podrán leer también el más reciente escrito de Lebrand, algunos galenos de este centro han tomado por costumbre coleccionar aquellas notas que los pacientes abandonan en cualquier rincón; habiendo notado en ellos cierta estética extraña y sublime. Podrán comunicarse con él preferiblemente al amanecer, es entonces cuando tiene algunos minutos de lucidez, como si la crisis mental desapareciera por arte de magia. Es extraño su comportamiento a tan tempranas horas; se levanta de su cama en silencio y sale a dar un paseo por el amplio jardín contiguo al bloque 8 justo antes del alba, en una actitud poco común para un paciente de su condición. Según creen nuestros expertos, es un ejercicio de deleite consciente el que realiza al observar los primeros rayos de sol sobre la hierba. Más tarde, vuelve el estado esquizoide. Papel y pluma en mano se acomoda en un rincón para escribir una nueva historia. Supongo que no hace falta aclarar cuánto detesta que alguien se atreva a interrumpir…
FIN
Jaime Falcone (Softhwords®)
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